No es difícil extrañarte un domingo como este, casi como un hábito,  cuando recuerdo de golpe tu cuerpo como un canelón brillando mojado en  mi cama por el sudor de los dos pegándose indolente en las sábanas, como  un lejano recuerdo de olores de animales encerrados en una siesta que  quemaba cimientos.
No es difícil extrañarte cuando sueño la  suavidad de tus labios extraños, poblados ya por aquellos días por aquel  incipiente bigote que luchaba denodadamente contra el agua oxigenada.
No  es difícil extrañarte en esta siesta como aquellas, con el sol afuera  quemando los mosaicos del techo. No es difícil extrañarte, casi diría  que se ha vuelto imprescindible costumbre de vicio que me hace compañía  en este esquivo arte de sobrevivir. (Antonio de Llamas)

No es difícil extrañarte un domingo como este, casi como un hábito, cuando recuerdo de golpe tu cuerpo como un canelón brillando mojado en mi cama por el sudor de los dos pegándose indolente en las sábanas, como un lejano recuerdo de olores de animales encerrados en una siesta que quemaba cimientos.

No es difícil extrañarte cuando sueño la suavidad de tus labios extraños, poblados ya por aquellos días por aquel incipiente bigote que luchaba denodadamente contra el agua oxigenada.

No es difícil extrañarte en esta siesta como aquellas, con el sol afuera quemando los mosaicos del techo. No es difícil extrañarte, casi diría que se ha vuelto imprescindible costumbre de vicio que me hace compañía en este esquivo arte de sobrevivir. (Antonio de Llamas)