Ingrid sola frente a la computadora y el ineludible impulso de llorar. Chatear, fumar, lavarse los dientes, limarse las uñas: hacer cualquier cosa con tal de reprimirlo. Ingrid en el balcón del departamento, afuera, por todos lados la ciudad; decenas de autos, decenas de personas tan jóvenes como ella. Ingrid y el cuerpo como sótano a sólo unos meses después de chocar el auto. Ingrid, el cuerpo, el recuerdo del choque y la absoluta ausencia de certezas. De eso se trata ser joven… ¿no es cierto?
Cada quien finge que nada ha pasado, por el bien de Ingird, porque lo que cualquier ser humano intenta hacer en esas circunstancias es olvidar y seguir adelante, ignorando o queriendo ignorar, pero no es tan sencillo, hay cosas que simplemente no se olvidan. Ingrid se encierra en el baño y se mira la cara levemente maquillada. ¿Cuánto de eso que ve, es lo mismo que vio antes, cuando tenía trece o catorce años? ¿Cuánto de esa niña, después esa niña convertida en adolescente, vive ahora en Ingrid? No lo sabe.
Siente el impulso de cerrar los ojos y de quedarse ahí, en ese lugar donde no hay nadie, en ese espacio exclusivo por un número indeterminado de segundos. Y cuando finalmente los abra, desearía no encontrar el rostro, tampoco el baño, ni la música, ni los amigos que la esperan afuera. No encontrar absolutamente nada. Empieza a sentir que en cualquier momento perderá la razón. Su vida empieza a parecerse a un pozo. Es incomprensible la sensación que asalta a Ingrid al descubrir que ése, para millones de personas, es un día normal.
Después no hay nada más: sólo el ordenador, el calor, el verano empapando las paredes, el balcón, Ingrid y una nueva vida que en el fondo no es diferente a la anterior. Ingrid sentada en su cama y todo el miedo posible invadiendo su cuerpo. Ingrid, los tics, las manías, el desvelo, los gestos definitivos: todo eso en un solo segundo la definían.
(Maximiliano Barrientos)
