La Espartaca tenía como un autismo muy triste y no se parecía en nada a esas muchachas que lloran cuando oyen ambulancias o se asustan de un saltamontes o saben hacer muy bien sopa de coliflor y no se dan cuenta de lo que pasa en realidad en el mundo. Le pedía demasiado a la vida y quería como jugar intensamente con probetas a la felicidad. Era uno de esos seres que viven siempre con un fondo trágico de vaporosa promesa de felicidad inalcanzable, una de esas personas que ambicionan vivir como quien no ha dormido nunca y buscan en postales y en películas razones de alegría y optimismo, seres que portan en la mirada esa expresión de cuando el alma siempre quiere algo más y está triste por ello. Siempre estaba muy sola y no pertenecía a al grupo de las otras muchachas que sabían comportarse como una lagartija inteligente.
Ella se ensimismaba como un animalucho y se quedaba un rato meditabunda y desinteresada con la mirada perdida y la boca entornada de los perros galgos. Era triste, sumisa, torpe, con los ojos vidriosos y casi existencialistas, yendo siempre por ahí con esa cara que ponemos cuando se tiene la cabeza en otra parte, pero tenía buenos muslos y en general estaba buenísima y yo la miraba como los hombre viejos y los camioneros magrean a las tías con la vista. Me hubiera gustado, y habría sido bonito, que en su corazón  hubiera un río de rabia suelta, pero había otra cosa, había una decepción, una desidia, una pena oscura y profunda, un pedazo de dolor viejo, el triunfo de un fracaso desnudo, los estáticos restos de un deseo incumplido alojado en su alma y yo trataba de mentirle para que la vida fuera menos seca y escasa. Ella necesitaba algo más que palabras de un muchacho cualquiera. Necesitaba cosas importantes como mensajes de gigantes escritos en el cielo o luchar de verdad en tareas que salvan. Su corazón de náufraga le pedía esas cosas imposibles, cosas que no se dan. (Miguel Sánchez R.)

La Espartaca tenía como un autismo muy triste y no se parecía en nada a esas muchachas que lloran cuando oyen ambulancias o se asustan de un saltamontes o saben hacer muy bien sopa de coliflor y no se dan cuenta de lo que pasa en realidad en el mundo. Le pedía demasiado a la vida y quería como jugar intensamente con probetas a la felicidad. Era uno de esos seres que viven siempre con un fondo trágico de vaporosa promesa de felicidad inalcanzable, una de esas personas que ambicionan vivir como quien no ha dormido nunca y buscan en postales y en películas razones de alegría y optimismo, seres que portan en la mirada esa expresión de cuando el alma siempre quiere algo más y está triste por ello. Siempre estaba muy sola y no pertenecía a al grupo de las otras muchachas que sabían comportarse como una lagartija inteligente.

Ella se ensimismaba como un animalucho y se quedaba un rato meditabunda y desinteresada con la mirada perdida y la boca entornada de los perros galgos. Era triste, sumisa, torpe, con los ojos vidriosos y casi existencialistas, yendo siempre por ahí con esa cara que ponemos cuando se tiene la cabeza en otra parte, pero tenía buenos muslos y en general estaba buenísima y yo la miraba como los hombre viejos y los camioneros magrean a las tías con la vista. Me hubiera gustado, y habría sido bonito, que en su corazón  hubiera un río de rabia suelta, pero había otra cosa, había una decepción, una desidia, una pena oscura y profunda, un pedazo de dolor viejo, el triunfo de un fracaso desnudo, los estáticos restos de un deseo incumplido alojado en su alma y yo trataba de mentirle para que la vida fuera menos seca y escasa. Ella necesitaba algo más que palabras de un muchacho cualquiera. Necesitaba cosas importantes como mensajes de gigantes escritos en el cielo o luchar de verdad en tareas que salvan. Su corazón de náufraga le pedía esas cosas imposibles, cosas que no se dan. (Miguel Sánchez R.)