Sigo siendo un camello bilingüe.

No maldigo el invierno, maldigo la circunstancia de sentir una hoguera en el pecho y perder la razón de su existencia, maldigo los días más tristes de mi memoria, maldigo el juego sutil de pretender que nada ha pasado, maldigo todo, a mí mismo, y me arrepiento.

Sólo me horma la paciencia y un ayer de mil historias bien guardadas en la memoria y en una oscura conciencia, y del futuro que me espera no sé si sean días, meses, o unas horas. En ocasiones, cuando el pensamiento me visita, busco en todos los pasos que he dado ¿cómo fue que tropecé? Ayer fue un mal día, mañana quizás también; pruebo los gajes del oficio y me son amargos. No sé por qué tanta desventura.

Abrazo a la almohada y es fría, a veces es mi pequeño témpano de hielo. Duele porque el frío quema la piel. Duele porque no eres tú, aunque a veces me recuerda cómo eras, sólo que tú me quemabas por dentro. A veces paso la noche pensando en ti. Sueño despierto, imaginando el qué sería de nosotros, si yo hubiera… Y es ahí cuando más coraje siento, porque me pienso culpable, luego te culpo a ti, después pienso que así tenían que ser las cosas. 

Es sólo que te extraño, a veces una hora y otras veces te olvido largo tiempo, pero tarde o temprano vuelves a mí. Y es que no te has ido, te llevo en mi aliento y al suspirar recuerdo tus labios, te llevo en mis ojos y al cerrarlos puedo verte. No es que te necesite para seguir vivo, podría aferrarme a tu recuerdo y morir lentamente, pero es mejor asirme a tu presencia y vivir tranquilo. Lo que necesito son pequeñas dosis de tus labios cálidos, de tu aroma a rosas, sentir el calor que tu cuerpo emana al abrazarme. Escuchar las palabras que no sabes decir pero que dejas en el aire al intentarlo, palabras que sólo salen de tus labios cuando me besas, palabras que no escucho pero que entiendo, aunque a veces por capricho quisiera oírlas. (Eduardo Perezchica)